El Hotel Existencia es ese lugar donde protegerse cuando la vida se nos pone en contra, el refugio último de los desencantados o de los que no pierden nunca la esperanza....... Brooklyn Follies (Paul Auster).
¿Tienes problemas para seguir una dieta? Ten paciencia. Dentro de 10 años habrá un fármaco que te permitirá comer todo lo que quieras sin ganar peso.
¿Te deprime la idea de la muerte? Pues si aguantas otros 15 años, tu esperanza de vida seguirá aumentando cada año más rápido que tu envejecimiento.
No lo digo yo. Lo dice Ray Kurzweil, futurista (que no futurólogo) experto en tecnología e inteligencia artificial, con un buen historial de predicciones y la suficiente credibilidad como para que la Academia Nacional de Ingeniería de EE UU haya publicado alguno de sus trabajos.
Pero eso no es todo. Kurzweil afirma que para el año 2020 nos estaremos implantando ordenadores en el cerebro y construiremos máquinas tan inteligentes como nosotros. E incluso ¡tendrán sentimientos!...
Pues nada, que yo ya me estoy imaginando en un futuro con 120 tacos, el físico del David de Miguel Ángel y paseando de la mano con una androide de largas y esbeltas bielas,licenciada en Física Cuántica.
Por fin llegó mi turno y entré en la sala. En una mano el volante (¿por qué se llamará volante?), y en la otra, sujeto con mucho cuidado entre los dedos pulgar e índice (como si quemase), el pequeño bote de plástico transparente relleno de tibia y dorada secreción renal (osea, de pipises). Se lo ofrecí a la enfermera sintiendo cierta sensación de vergüenza (como cuando viene alguien a casa y solo tienes en la nevera un ridículo nestea), pero ella cogió el bote sin hacerle asco alguno. Manipuló mis orines con la misma maestría que un enólogo trata sus vinos, y cuando acabó me endosó ocho tubos de plástico a la vez que me ordenaba con un gesto más mecánico que humano que pasase a vérmelas con su compañera.
Esta ni tan siquiera reparó en mí. Creo que si le hubiera ofrecido la pierna en lugar del brazo, me hubiese apretado la goma en el muslo y, en vez de sangre, me habría extraído la rótula sin ningún miramiento. Hablaba sin pausa con su compañera de enfrente sobre no se qué programa de televisión mientras, sin apenas mirar, hundía la fina aguja en mi pobre vena. Inmediatamente comenzó el transvase (¿o debería llamarlo conducción?) del líquido vital hacia su triste destino en un tubo de ensayo.
Estando el tercero a medio llenar comencé a abrir y cerrar la mano, pensando que quizá de esta manera ayudaría a bombear la sangre para así acabar cuanto antes. ¡Ignorante de mí! Al hacerlo, ella me miró por primera vez, y lo hizo poniendo el mismo semblante de quien ve una aparición fantasmal materializándose ante sí. En un tono grave, de claro reproche, me dijo:
- No abra y cierre la mano, que entorpece a la aguja...
- ¡Ah! Perdón -exclamé yo-.
- Solo hay que abrir y cerrar la mano cuando se hace una transfusión -continuó ella utilizando el mismo tono hostil-.
Sonreí pretendiendo ser conciliador, y para reconducir la situación intenté hacer una gracia que ella evidentemente no captó.
- Pero con tantos tubitos como está usted llenando, esto es casi una transfusión, ¿no?
- No, no, no. Una transfusión es medio litro -me dijo muy seria-, y estos tubitos son solamente para analizar un poco de sangre de cada uno. Luego ya no sirve para transfundirla.
- ¡Ah! Y entonces, ¿qué hacen con toda la que sobra?
- Pues nos la bebemos nosotras para estar jóvenes y guapas, ¿no nos ve?...
Esta vez fui yo el que no supo ver el lado gracioso. Sin embargo ella y algunas de sus compañeras reían abiertamente el chiste (que probablemente habrían utilizado docenas de veces). Cuando por fin pararon, dibujé en mi cara la mejor de mis sonrisas y, fijando mis ojos en los suyos, le pregunté:
- Y con la orina, ¿qué hacen ustedes con la orina que sobra?
Cuando la vi, iba acompañada de otra mujer. Se dirigía hacia la entrada del Centro Comercial del que yo salía, y algo hizo que fijase mi atención sobre ella. A medida que nos íbamos acercando, yo me preguntaba sobre los motivos que tendría una mujer, aparentemente joven y esbelta, para querer enterrar sus formas bajo unos ropajes como los que ella vestía. El conjunto estaba compuesto por una enorme sudadera con capucha (visiblemente de talla superior a la necesaria), pantalón vaquero cuya forma borraba cualquier insinuación de curvas, y una gorra deportiva de gran visera, que servía de parapeto a todo aquello que se encontrase más arriba de la barbilla. Cuando llegamos casi a la misma altura y nos cruzamos, ella tuvo que elevar un poco los ojos para visualizar la escalinata que se extendía bajo sus pies. Entonces pude ver claramente su rostro, y la reconocí.
Camino del aparcamiento recordé la primera vez que la vi. El azar quiso que coincidiésemos en el mismo instituto. Yo estaba en el último curso y ella comenzaba en primero, por lo que nunca cruzamos palabra alguna. Pero aquel día allí estaba ella, en el patio de recreo, tras una risa sonora, limpia y sin complejos, formando un núcleo gravitatorio sobre el que giraban todos los demás. La verdad es que era difícil no verla. No es que fuese una chica especialmente guapa, pero saltaba a la vista que ya entonces poseía un gran magnetismo que, sin duda alguna, sabía explotar.
Es evidente que esa capacidad de atracción es en gran medida la culpable de que, a día de hoy, ella esté donde está: en la cima del éxito. Yo por mi parte he de reconocer que siempre me gustó más en su faceta personal (como mujer), que en la profesional. Bueno, o al menos hasta que llegó un tal Pedro, y consiguió aunar ambas vertientes en una de sus grandes obras maestras...
¿Qué harías si te dijesen que tan solo te quedan unos meses de vida?
Sin duda la literatura, el teatro, el cine y las series de televisión han dado muchas y variadas respuestas a esta situación. En unos casos desde el lado más melodramático del asunto; en otros desde la neutralidad y el rigor más absoluto; e incluso en ocasiones dándole una vis cómica para, supuestamente, quitarle la carga trágica que conlleva.
Yo, sinceramente, no sé lo que haría. Alguna vez que he intentado imaginar mi vida sin mí, algo en mi mente ha cortocircuitado. Probablemente se deba a algún sistema de protección que, al igual que los fusibles eléctricos, corta la tensión antes de que pueda provocar un daño mayor. Puede que simplemente sea que me causa desasosiego. O incluso por cobardía, quién sabe.
Lo que sí sé, es que si me viese algún día frente a ese abismo, me gustaría tenerlo todo la mitad de claro que parece tenerlo él: .
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“Mi padre solía decir que si hay un elefante en la habitación, hay que presentarlo. Pues bien, si pueden ver mis radiografías, tengo 10 tumores en el páncreas”. Randy Pausch, un especialista en realidad virtual de 46 años y prestigioso profesor de la universidad norteamericana de Carnegie Mellon, comenzaba así, a mediados de septiembre, su última lección magistral ante un auditorio de 400 espectadores que, antes de que abriese la boca, le recibieron con una fuerte ovación. “Dejad que me lo gane”, pidió con una sonrisa. Vía