El Hotel Existencia es ese lugar donde protegerse cuando la vida se nos pone en contra, el refugio último de los desencantados o de los que no pierden nunca la esperanza....... Brooklyn Follies (Paul Auster).
Me gusta encadenar unas palabras con otras. No me refiero a como lo hace un escritor - eso sería muy pretencioso por mi parte -, sino más bien a como lo haría un casamentero, un asesor de parejas que busca propiciar uniones compatibles entre sí.
Disfruto colocando una palabra al lado de otra y escondiéndome para observar el resultado. Es maravilloso ver como hay ocasiones en las que se inicia un curioso ritual de coqueteo entre ambas, un delineado baile de grafías que suele acabar en juramento de amor eterno sellado con tinta indeleble. Aunque por el contrario, también hay otros momentos en los que resulta no menos fascinante ver como al juntarlas, enseguida la una pretende poner los puntos sobre las íes a la otra y acaban tirándose los trazos a la cabeza, viéndome obligado a separarlas de inmediato.
Pero lo que realmente me llena es cuando todas y cada una de las palabras se hallan al lado de su correspondiente amada. Y yo me siento como un Juez de Paz que va dándoles casamiento a medida que las voy leyendo. Y al terminar de leer (como en casi todas las bodas) se me escapa una lagrimita, porque sé que en ese texto que fue poco a poco creciendo, encadenando palabra tras palabra, va un pedacito de mi alma.
De un tiempo a esta parte, tengo la sensación de estar jugando una eterna partida de ajedrez conmigo mismo en la que, haga lo que haga, siempre me encuentro en situación de jaque.
Si lanzo mis peones a la ofensiva, estos realizan una deserción en masa y se ponen en mi contra. Mis viejos y leales alfiles me dicen que ya no están para mucho juego, que el cronómetro no perdona. Y mis caballos aprovechan la menor ocasión para practicar el noble arte del escaqueo. Por fortuna, aún me queda el sustento de mis dos hermosas torres, atalayas majestuosas que me hacen sentir como un verdadero rey...
... ¿como dices?... ¿la reina?... Bueno, me da la impresión de que la reina está un poco mosqueada, porque piensa que mi mayor obsesión es comerme a toda costa a la reina contraria...
... pero lo que no sabe es que mi verdadera intención pasa por abdicar, y fugarme con una bellísima ficha de damas.
Tras una larga semana de posoperatorio, hoy por fin mi querido ordenador vuelve a enchufarse al mundo (virtual). Y es que como ya dije, últimamente presentaba algunos síntomas que hacían pensar en que algo no iba del todo bien, por lo que no quedó otro remedio que hacer una visita al doctor.
- Dígame, señor doctor ¿qué tiene? ¿es grave?
- Bueno... hemos localizado el problema y... le falla la memoria.
Y al oír esto, mi mundo (virtual) se vino abajo, porque pensé que la memoria de mi ordenador es en gran parte mi memoria almacenada en forma de cientos de fotografías, recopilada en miles de canciones, amontonada en decenas de películas y, sobre todo, depositada en tantos y tantos escritos que pensé haber perdido para siempre...
Afortunadamente, el doctor me sacó del error explicándome que la solución era sencilla, que el fallo estaba en la memoria temporal que solamente pierde los datos almacenados recientemente (como cuando no sabes donde dejaste las llaves, o si ya le echaste azúcar al café).
Ahora, una vez recuperados del todo (el ordenador y yo), volvemos a navegar por estos lares cocteleros aunque, dicho sea de paso, casi no lo consigo porque no lograba recordar la maldita contraseña.
Salí de casa como hacía a diario para comprar el pan. Al entrar en la panadería eché de menos el habitual sonido de campanilla que anunciaba la visita de un nuevo cliente, aunque en su lugar pude apreciar la suave melodía de un hilo musical. Tras el mostrador, sustituyendo al tendero de siempre, un joven de pelo engominado, traje-chaqueta y corbata, entonó un melódico ¿puedo ayudarle en algo, señor?, y yo, en evidente estado de confusión, no pude más que excusarme con un ¡perdón, me he equivocado! a la vez que giraba sobre mis talones. Al salir de nuevo a la calle levanté la vista hacia el luminoso rótulo que lucía sobre la puerta, y mi asombro fue mayúsculo al observar que allí donde hasta ayer estuvo el negocio de mi panadero de toda la vida, ahora estaba uno de esos Grandes Almacenes donde suele llegar la primavera antes que en ningún otro sitio.
Debido a la impresión decidí ir dos calles más arriba para tomar un café en el bar de siempre, pero no hice más que doblar la esquina cuando me encontré frente a un colosal edificio en forma de Gran Centro de Ocio que ocupaba toda la manzana. Aquel monstruo se había engullido la cafetería, la librería y la pequeña tienda de ultramarinos, amén de las viviendas que estaban por encima de dichos comercios, y en su enorme fachada un luminoso neón te invitaba a entrar al paraíso del hedonismo.
El pánico inundó mis venas. Sin mirar atrás eché a correr hacia mi casa con la intención de meterme en la cama, pensando que quizás de esa manera, al despertarme todo se habría desvanecido como en un mal sueño. Corrí con todas mis fuerzas hasta que, llegando por fin a mi barrio, una valla metálica y un tipo con un casco amarillo en la cabeza me pararon en seco.
- ¡Alto! No se puede pasar- me dijo con gesto serio.
- Pero... ¡pero yo vivo ahí!- le respondí con un grito ahogado y desesperado a partes iguales.
- Pues lo siento, pero no se puede pasar. Estamos construyendo un Gran Centro Comercial - sentenció el fulano, mientras una grúa golpeaba con una enorme bola de hierro en la fachada de mi casa.
Hoy me siento como si Ferran Adriá hubiese aplicado una de sus deconstrucciones sobre mi cuerpo, transformando la estructura de mis moléculas del estado sólido al líquido. Mi nariz gotea como un grifo viejo, todos los poros de mi cuerpo exudan como aspersores de riego y mi vejiga no es capaz de aguantar todo el agua que bebo para apagar la fiebre. Y lo peor de todo es que creo que he contagiado a mi ordenador. Se lo noto en el iris amarillento de su webcam y en cierta halitosis cuando le he dicho que abriera el lector dvd y dijese ¡Windooooows...!
... y es que me temo que el antivirus no funciona para esto.
Si me encontrase al genio de Aladino y solo un deseo me ofreciera, le pediría un reloj mágico con el que detener el tiempo cuando yo quisiera.
Así, en la mañana temprano, mandaría parar al Sol en un eterno amanecer con olor a café y a tostadas, del color de la calma sin prisa y del sabor de la risa y la miel. Y con Cronos de mi parte, despreocupado de él, me cogería aquel viejo libro que aún no acabé de leer, para hacerlo esta vez despacio, como se bebe el vino jerez. Luego después, sin presura, sin apuro, ni rebato, intentaría escribir para ti la canción más hermosa del mundo, para esperarte en la plaza y detener el reloj a tu paso, y cantártela al oído sin vergüenza ni reparo y, aprovechando el instante, un fugaz beso robarte. El beso que en otro tiempo no me atrevería darte.
A veces me da por pensar que desde que nacemos, cada uno tiene asignada de antemano una cantidad limitada de -¡te quiero!-, un número finito de ocasiones con las que poder obsequiar a un ser amado.
A veces imagino que en un rincón escondido de nuestro interior, allí donde la Ciencia todavía no consiguió llegar, existe un pequeño sitio donde se amontonan todos esos -¡te quiero!-, inquietos y deseosos de ser elegidos para así, subiéndose a lomos del viento que soplan los pulmones, convertirse en sonido tras vibrar entre cuerdas, atravesar el universo que forma la boca, y saltar al vacío para volar hasta un oído al que regalarse.
A veces tengo la impresión de que consumimos casi todos los -¡te quiero!- en el primer tercio de vida, porque ningún niño escatima un te quiero mamá, te quiero papá, y a los abuelos, y a la muñeca, a la Navidad... Y de jóvenes todos cantamos -¡te quiero!- al alba, al anochecer, te quiero más que a mi vida y hasta el fin te querré... Porque hay un -¡te quiero!- de veraneo, de solo una noche, de dos o de tres, algunos muy falsos, otros muy bellos, los hay por despecho, o por interés... Y porque hay ocasiones en las que llega el SÍ QUIERO, porque quiero quererte tanto como te quiero...
A veces me paro a observar, que con el paso del tiempo nos hacemos tacaños a la hora de dar un -¡te quiero!-, un amor mío, un te deseo... Quizá sea por ahorrar los pocos que puedan quedar, pensando en el día que hagan falta de verdad. O quizá sea porque ese sitio, donde la Ciencia todavía no consiguió llegar, esté ya vacío, y no queden más.
A veces me da por soñar, que en una maceta planto un -¡te quiero!-, y que en primavera florecerá.
Sigo corriendo. Esquivo a un perro. Esquivo a su dueño. Sin dejar de correr. Un-dos. Un poco más rápido. Aspiro y espiro. Las piernas ya duelen. Aspiro y espiro. La mente me dice que pare. Aspiro y espiro. No le hago caso y acelero. Un-dos-un-dos. Suena una nueva canción. Y sigo corriendo, más rápido aún. Un-dos. Adelanto a un niño en su bicicleta. Un-dos. Aspiro y espiro. Más velocidad. El dolor de las piernas desaparece. Un-dos. Pero ahora los pulmones arden por dentro. Y por una que espiro, aspiro dos veces. Un-dos. Y corro más, y más, y más. Un-dos. Y ahora suena de nuevo una vieja melodía. Un-dos. Y acelero hasta que las piernas ya no las siento mías, un-dos, y aspiro tres veces por cada una que espiro, un-dos, y en el pecho me suenan tambores de guerra, un-dos, y en la boca seca no me cabe la lengua, un-dos, y cuanto más dolor siento más acelero, un-dos, y acelero tanto que creo que vuelo, un-dos-un-dos, y cuando ya casi noto que mis pulmones se incendian y que el pecho me explota y que mis piernas no sienten y que mi cabeza flota, me dejo caer boca arriba sobre la verde hierba a la vez que empieza a sonar tu canción...
... y en ese instante siento que ya no soy yo, sino únicamente materia inerte en perfecto estado de gracia con la existencia...