Últimamente me estoy planteando volver a estudiar de nuevo. No sé exactamente si el impulso se debe más a intentar cerrar etapas inconclusas del pasado, o a iniciar otras nuevas en el futuro. Puede que ambas, aunque a veces pienso que también podría ser que se tratase de cierta actitud de rebelión por mi parte hacia media docena de canas que, sin recato ni pudor, asoman visiblemente en mi barbilla cada vez que pasan más de tres días sin afeitarme. Ciertamente, no lo sé.
El caso es que este fin de semana, con la intención de refrescar un poco la memoria, estuve ojeando unos apuntes de aritmética de un curso de "eso" que llaman "la ESO" (la próxima vez a lo peor lo llaman "la COSA"). Mientras lo hacía, recordé a un antiguo profesor de mi instituto que siempre se empeñó en hacerme ver "el lado más humano de las matemáticas". Y lo recordé porque en un momento dado, probablemente debido al sopor de la lectura, me fijé en un orondo ocho que, además de chulo, tenía pinta de ser un tipo natural, muy positivo y bastante entero (aunque a decir verdad, también daba la impresión de poco racional). Además, no parecía tener complejos por su redondeo (sin duda debido al buen comer), y aparentaba ser de los de tercio, periódico y puro. Se le notaba en la cara que era de los que dan soluciones a los problemas, y se alejan de aquellas unidades que son negativas, radicales, gustan de provocar división, multiplicar los problemas, o son amigas de sustraer el producto ajeno. En definitiva, un individuo que, al margen de la estadística, tenía gran probabilidad de sumar amigos potenciales.
Creo recordar que cuando desperté, aparte del terrible dolor de cuello, mi primer pensamiento fue que mejor me iría si estudiase Filosofía.
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