Había apagado el motor, pero dejé la llave en el contacto para mantener la radio encendida. Tiré del freno de mano, me recosté en el asiento, y me dispuse, como había hecho en tantas otras ocasiones, a terminar de escuchar la canción, porque la belleza pierde su esencia si no es observada en su totalidad; porque las partes, por bellas que sean, no alcanzan el súmmum hasta que no se unen formando el todo.

Las notas fluían a través de mis oídos mientras jugaban al corre que te pillo con los recuerdos. Mis labios, deseosos de danzar al compás de la letra, y mis ojos, queriendo dejarse llevar, abandonarse, hundirse en la oscuridad de la memoria, tuvieron que resignarse a quedar inmóviles, casi ingrávidos cuando ella pasó por delante.

Belleza, ni poca ni mucha, pensé; cuerpo de guitarra, intuí; joven a rabiar, pelo negro al viento, gracia al caminar y modestia al vestir, observé. Pasó deslizándose, casi levitando, como si una cinta transportadora la llevase hacia su destino, y vi sus ojos, y me di cuenta, y lo supe.


Llevaba los párpados muy abiertos, como muñeca de infancia, obligando a sus ojos a mirar sin ver mientras, su mano libre, la que no sujeta el bolso, dibujaba figuras en el aire siguiendo el ritmo de su cabeza, que ahora niega, y ahora afirma, mientras sus labios conversan con ella misma, o con su otro yo, o quién sabe con quién.

Demasiado joven - me dije- para caminar hablando sola, como si eso fuese algo exclusivo de viejos, efecto secundario de una senil existencia en la que uno ya no es dueño de su propia voluntad.
Demasiado joven - afirmé- para haber renunciado a insinuar su piel, su tersa frescura, sus curvas de mujer, ocultándolo todo bajo tristes tejidos de tristes colores.
Demasiado joven - asentí-, y sin embargo lo vi en sus ojos, y me di cuenta, y lo supe.

Dicen que existen almas gemelas, pares iguales que cuando se encuentran se tornan en uno formando el todo, alcanzando el súmmum. Dicen que solo mirarse a los ojos es suficiente para verlo, para darse cuenta, para saberlo. Dicen que es afortunado quien consigue hallar su par..., y nuestros ojos se encontraron, y ella lo vio, y yo lo vi, y ella se dio cuenta, y yo también, y ella, al saberlo, sonrió... y yo, lo supe al oír su voz decir..... mi nombre es SOLEDAD.

De fondo, el estribillo de la canción se repetía una y otra vez en la radio del coche.