Cuando la vi, iba acompañada de otra mujer. Se dirigía hacia la entrada del Centro Comercial del que yo salía, y algo hizo que fijase mi atención sobre ella. A medida que nos íbamos acercando, yo me preguntaba sobre los motivos que tendría una mujer, aparentemente joven y esbelta, para querer enterrar sus formas bajo unos ropajes como los que ella vestía. El conjunto estaba compuesto por una enorme sudadera con capucha (visiblemente de talla superior a la necesaria), pantalón vaquero cuya forma borraba cualquier insinuación de curvas, y una gorra deportiva de gran visera, que servía de parapeto a todo aquello que se encontrase más arriba de la barbilla. Cuando llegamos casi a la misma altura y nos cruzamos, ella tuvo que elevar un poco los ojos para visualizar la escalinata que se extendía bajo sus pies. Entonces pude ver claramente su rostro, y la reconocí.
Camino del aparcamiento recordé la primera vez que la vi. El azar quiso que coincidiésemos en el mismo instituto. Yo estaba en el último curso y ella comenzaba en primero, por lo que nunca cruzamos palabra alguna. Pero aquel día allí estaba ella, en el patio de recreo, tras una risa sonora, limpia y sin complejos, formando un núcleo gravitatorio sobre el que giraban todos los demás. La verdad es que era difícil no verla. No es que fuese una chica especialmente guapa, pero saltaba a la vista que ya entonces poseía un gran magnetismo que, sin duda alguna, sabía explotar.
Es evidente que esa capacidad de atracción es en gran medida la culpable de que, a día de hoy, ella esté donde está: en la cima del éxito. Yo por mi parte he de reconocer que siempre me gustó más en su faceta personal (como mujer), que en la profesional. Bueno, o al menos hasta que llegó un tal Pedro, y consiguió aunar ambas vertientes en una de sus grandes obras maestras...

... desde entonces siento por ella un inmenso amor Petónico.
(Que Platón me perdone).