Corro.

Empiezo despacio. Un-dos.

Aspiro, espiro, aspiro, espiro.

Una bella música regala mi oído. Un-dos-un-dos.

Sigo corriendo. Esquivo a un perro. Esquivo a su dueño. Sin dejar de correr. Un-dos. Un poco más rápido. Aspiro y espiro. Las piernas ya duelen. Aspiro y espiro. La mente me dice que pare. Aspiro y espiro. No le hago caso y acelero. Un-dos-un-dos. Suena una nueva canción. Y sigo corriendo, más rápido aún. Un-dos. Adelanto a un niño en su bicicleta. Un-dos. Aspiro y espiro. Más velocidad. El dolor de las piernas desaparece. Un-dos. Pero ahora los pulmones arden por dentro. Y por una que espiro, aspiro dos veces. Un-dos. Y corro más, y más, y más. Un-dos. Y ahora suena de nuevo una vieja melodía. Un-dos. Y acelero hasta que las piernas ya no las siento mías, un-dos, y aspiro tres veces por cada una que espiro, un-dos, y en el pecho me suenan tambores de guerra, un-dos, y en la boca seca no me cabe la lengua, un-dos, y cuanto más dolor siento más acelero, un-dos, y acelero tanto que creo que vuelo, un-dos-un-dos, y cuando ya casi noto que mis pulmones se incendian y que el pecho me explota y que mis piernas no sienten y que mi cabeza flota, me dejo caer boca arriba sobre la verde hierba a la vez que empieza a sonar tu canción...


... y en ese instante siento que ya no soy yo, sino únicamente materia inerte en perfecto estado de gracia con la existencia...

... y me siento como (un)dios...

... y aspiro...

... y expiro.