Por fin llegó mi turno y entré en la sala. En una mano el volante (¿por qué se llamará volante?), y en la otra, sujeto con mucho cuidado entre los dedos pulgar e índice (como si quemase), el pequeño bote de plástico transparente relleno de tibia y dorada secreción renal (osea, de pipises). Se lo ofrecí a la enfermera sintiendo cierta sensación de vergüenza (como cuando viene alguien a casa y solo tienes en la nevera un ridículo nestea), pero ella cogió el bote sin hacerle asco alguno. Manipuló mis orines con la misma maestría que un enólogo trata sus vinos, y cuando acabó me endosó ocho tubos de plástico a la vez que me ordenaba con un gesto más mecánico que humano que pasase a vérmelas con su compañera.

Esta ni tan siquiera reparó en mí. Creo que si le hubiera ofrecido la pierna en lugar del brazo, me hubiese apretado la goma en el muslo y, en vez de sangre, me habría extraído la rótula sin ningún miramiento. Hablaba sin pausa con su compañera de enfrente sobre no se qué programa de televisión mientras, sin apenas mirar, hundía la fina aguja en mi pobre vena. Inmediatamente comenzó el transvase (¿o debería llamarlo conducción?) del líquido vital hacia su triste destino en un tubo de ensayo.

Estando el tercero a medio llenar comencé a abrir y cerrar la mano, pensando que quizá de esta manera ayudaría a bombear la sangre para así acabar cuanto antes. ¡Ignorante de mí! Al hacerlo, ella me miró por primera vez, y lo hizo poniendo el mismo semblante de quien ve una aparición fantasmal materializándose ante sí. En un tono grave, de claro reproche, me dijo:

- No abra y cierre la mano, que entorpece a la aguja...

- ¡Ah! Perdón -exclamé yo-.

- Solo hay que abrir y cerrar la mano cuando se hace una transfusión -continuó ella utilizando el mismo tono hostil-.

Sonreí pretendiendo ser conciliador, y para reconducir la situación intenté hacer una gracia que ella evidentemente no captó.

- Pero con tantos tubitos como está usted llenando, esto es casi una transfusión, ¿no?

- No, no, no. Una transfusión es medio litro -me dijo muy seria-, y estos tubitos son solamente para analizar un poco de sangre de cada uno. Luego ya no sirve para transfundirla.

- ¡Ah! Y entonces, ¿qué hacen con toda la que sobra?

- Pues nos la bebemos nosotras para estar jóvenes y guapas, ¿no nos ve?...

Esta vez fui yo el que no supo ver el lado gracioso. Sin embargo ella y algunas de sus compañeras reían abiertamente el chiste (que probablemente habrían utilizado docenas de veces). Cuando por fin pararon, dibujé en mi cara la mejor de mis sonrisas y, fijando mis ojos en los suyos, le pregunté:

- Y con la orina, ¿qué hacen ustedes con la orina que sobra?