Si me encontrase al genio de Aladino y solo un deseo me ofreciera, le pediría un reloj mágico con el que detener el tiempo cuando yo quisiera.

Así, en la mañana temprano, mandaría parar al Sol en un eterno amanecer con olor a café y a tostadas, del color de la calma sin prisa y del sabor de la risa y la miel. Y con Cronos de mi parte, despreocupado de él, me cogería aquel viejo libro que aún no acabé de leer, para hacerlo esta vez despacio, como se bebe el vino jerez. Luego después, sin presura, sin apuro, ni rebato, intentaría escribir para ti la canción más hermosa del mundo, para esperarte en la plaza y detener el reloj a tu paso, y cantártela al oído sin vergüenza ni reparo y, aprovechando el instante, un fugaz beso robarte. El beso que en otro tiempo no me atrevería darte.