El Hotel Existencia es ese lugar donde protegerse cuando la vida se nos pone en contra, el refugio último de los desencantados o de los que no pierden nunca la esperanza....... Brooklyn Follies (Paul Auster).
Hoy me siento como si Ferran Adriá hubiese aplicado una de sus deconstrucciones sobre mi cuerpo, transformando la estructura de mis moléculas del estado sólido al líquido. Mi nariz gotea como un grifo viejo, todos los poros de mi cuerpo exudan como aspersores de riego y mi vejiga no es capaz de aguantar todo el agua que bebo para apagar la fiebre. Y lo peor de todo es que creo que he contagiado a mi ordenador. Se lo noto en el iris amarillento de su webcam y en cierta halitosis cuando le he dicho que abriera el lector dvd y dijese ¡Windooooows...!
... y es que me temo que el antivirus no funciona para esto.
Si me encontrase al genio de Aladino y solo un deseo me ofreciera, le pediría un reloj mágico con el que detener el tiempo cuando yo quisiera.
Así, en la mañana temprano, mandaría parar al Sol en un eterno amanecer con olor a café y a tostadas, del color de la calma sin prisa y del sabor de la risa y la miel. Y con Cronos de mi parte, despreocupado de él, me cogería aquel viejo libro que aún no acabé de leer, para hacerlo esta vez despacio, como se bebe el vino jerez. Luego después, sin presura, sin apuro, ni rebato, intentaría escribir para ti la canción más hermosa del mundo, para esperarte en la plaza y detener el reloj a tu paso, y cantártela al oído sin vergüenza ni reparo y, aprovechando el instante, un fugaz beso robarte. El beso que en otro tiempo no me atrevería darte.
Creo en la utopía. Llámame iluso si quieres, pero no puedo evitar ser optimista. Al menos algunas veces.
Creo en las personas. Llámame soñador, de acuerdo, y cuéntame aquello de que el hombre es lobo para el hombre, pero no quiero dejar de creer. Al menos en algunas personas.
Creo en las personas que creen en la utopía, en ese otro mundo posible donde la guerra no sea indiferente, donde los ejércitos en lugar de sembrar terror ayuden a sembrar arroz, donde los niños solo lloren por una leve indigestión, donde la justicia no lleve una venda en los ojos, donde tener un hogar no dependa del interés de ningún tipo, donde la divisa universal sea el sonido de la risa.
Alguien dijo no hace mucho, que la opinión pública se ha convertido en la gran potencia con la que el poder tiene que contar. Y opinión pública somos tú y yo. Llámame iluso, o soñador, pero eso no implica que no sepa sumar. Y uno más uno, somos dos. Piénsalo, al menos alguna vez.
A veces me da por pensar que desde que nacemos, cada uno tiene asignada de antemano una cantidad limitada de -¡te quiero!-, un número finito de ocasiones con las que poder obsequiar a un ser amado.
A veces imagino que en un rincón escondido de nuestro interior, allí donde la Ciencia todavía no consiguió llegar, existe un pequeño sitio donde se amontonan todos esos -¡te quiero!-, inquietos y deseosos de ser elegidos para así, subiéndose a lomos del viento que soplan los pulmones, convertirse en sonido tras vibrar entre cuerdas, atravesar el universo que forma la boca, y saltar al vacío para volar hasta un oído al que regalarse.
A veces tengo la impresión de que consumimos casi todos los -¡te quiero!- en el primer tercio de vida, porque ningún niño escatima un te quiero mamá, te quiero papá, y a los abuelos, y a la muñeca, a la Navidad... Y de jóvenes todos cantamos -¡te quiero!- al alba, al anochecer, te quiero más que a mi vida y hasta el fin te querré... Porque hay un -¡te quiero!- de veraneo, de solo una noche, de dos o de tres, algunos muy falsos, otros muy bellos, los hay por despecho, o por interés... Y porque hay ocasiones en las que llega el SÍ QUIERO, porque quiero quererte tanto como te quiero...
A veces me paro a observar, que con el paso del tiempo nos hacemos tacaños a la hora de dar un -¡te quiero!-, un amor mío, un te deseo... Quizá sea por ahorrar los pocos que puedan quedar, pensando en el día que hagan falta de verdad. O quizá sea porque ese sitio, donde la Ciencia todavía no consiguió llegar, esté ya vacío, y no queden más.
A veces me da por soñar, que en una maceta planto un -¡te quiero!-, y que en primavera florecerá.
El fracaso de su disco anterior, grabado en 2001 para una importante discográfica, le produjo una enorme decepción que le llevó a cuestionarse su valía.
Este segundo disco, que lleva su nombre, se grabó en el salón de su pequeño apartamento, sin técnico de sonido, con ayuda de un ordenador, y sin contrato discográfico alguno.
Marcas de automóviles, chocolates... lo habían intentado, pero ella no quiso que usaran New soul en un anuncio de televisión hasta que se lo propuso la compañía de Steve Jobs.
Por fin llegó mi turno y entré en la sala. En una mano el volante (¿por qué se llamará volante?), y en la otra, sujeto con mucho cuidado entre los dedos pulgar e índice (como si quemase), el pequeño bote de plástico transparente relleno de tibia y dorada secreción renal (osea, de pipises). Se lo ofrecí a la enfermera sintiendo cierta sensación de vergüenza (como cuando viene alguien a casa y solo tienes en la nevera un ridículo nestea), pero ella cogió el bote sin hacerle asco alguno. Manipuló mis orines con la misma maestría que un enólogo trata sus vinos, y cuando acabó me endosó ocho tubos de plástico a la vez que me ordenaba con un gesto más mecánico que humano que pasase a vérmelas con su compañera.
Esta ni tan siquiera reparó en mí. Creo que si le hubiera ofrecido la pierna en lugar del brazo, me hubiese apretado la goma en el muslo y, en vez de sangre, me habría extraído la rótula sin ningún miramiento. Hablaba sin pausa con su compañera de enfrente sobre no se qué programa de televisión mientras, sin apenas mirar, hundía la fina aguja en mi pobre vena. Inmediatamente comenzó el transvase (¿o debería llamarlo conducción?) del líquido vital hacia su triste destino en un tubo de ensayo.
Estando el tercero a medio llenar comencé a abrir y cerrar la mano, pensando que quizá de esta manera ayudaría a bombear la sangre para así acabar cuanto antes. ¡Ignorante de mí! Al hacerlo, ella me miró por primera vez, y lo hizo poniendo el mismo semblante de quien ve una aparición fantasmal materializándose ante sí. En un tono grave, de claro reproche, me dijo:
- No abra y cierre la mano, que entorpece a la aguja...
- ¡Ah! Perdón -exclamé yo-.
- Solo hay que abrir y cerrar la mano cuando se hace una transfusión -continuó ella utilizando el mismo tono hostil-.
Sonreí pretendiendo ser conciliador, y para reconducir la situación intenté hacer una gracia que ella evidentemente no captó.
- Pero con tantos tubitos como está usted llenando, esto es casi una transfusión, ¿no?
- No, no, no. Una transfusión es medio litro -me dijo muy seria-, y estos tubitos son solamente para analizar un poco de sangre de cada uno. Luego ya no sirve para transfundirla.
- ¡Ah! Y entonces, ¿qué hacen con toda la que sobra?
- Pues nos la bebemos nosotras para estar jóvenes y guapas, ¿no nos ve?...
Esta vez fui yo el que no supo ver el lado gracioso. Sin embargo ella y algunas de sus compañeras reían abiertamente el chiste (que probablemente habrían utilizado docenas de veces). Cuando por fin pararon, dibujé en mi cara la mejor de mis sonrisas y, fijando mis ojos en los suyos, le pregunté:
- Y con la orina, ¿qué hacen ustedes con la orina que sobra?
Sigo corriendo. Esquivo a un perro. Esquivo a su dueño. Sin dejar de correr. Un-dos. Un poco más rápido. Aspiro y espiro. Las piernas ya duelen. Aspiro y espiro. La mente me dice que pare. Aspiro y espiro. No le hago caso y acelero. Un-dos-un-dos. Suena una nueva canción. Y sigo corriendo, más rápido aún. Un-dos. Adelanto a un niño en su bicicleta. Un-dos. Aspiro y espiro. Más velocidad. El dolor de las piernas desaparece. Un-dos. Pero ahora los pulmones arden por dentro. Y por una que espiro, aspiro dos veces. Un-dos. Y corro más, y más, y más. Un-dos. Y ahora suena de nuevo una vieja melodía. Un-dos. Y acelero hasta que las piernas ya no las siento mías, un-dos, y aspiro tres veces por cada una que espiro, un-dos, y en el pecho me suenan tambores de guerra, un-dos, y en la boca seca no me cabe la lengua, un-dos, y cuanto más dolor siento más acelero, un-dos, y acelero tanto que creo que vuelo, un-dos-un-dos, y cuando ya casi noto que mis pulmones se incendian y que el pecho me explota y que mis piernas no sienten y que mi cabeza flota, me dejo caer boca arriba sobre la verde hierba a la vez que empieza a sonar tu canción...
... y en ese instante siento que ya no soy yo, sino únicamente materia inerte en perfecto estado de gracia con la existencia...